
My story Mi historia
My mother was American and my father was English. I was born and adopted on the beautiful island of Puerto Rico, where I grew up with my Puerto Rican adoptive parents and a younger brother, adopted from Canada. The culture of Puerto Rico is Latin American, so my adoption was cross-cultural. My relationship with my adoptive mother was complicated, and I developed a very special bond with my adoptive father.
I started drawing on the walls of my house at two years old, which means I’m a born artist. My adoptive parents wanted me to have a career in some prestigious field that offered me stability. As I also have writing skills, I decided on a career in communications, but art was always my heart’s choice. So, after a while working as a copywriter, at 30 I decided to dedicate myself to painting.
I was always a well-behaved girl, had very good grades, the "perfect girl". But inside me there were hidden feelings and emotions that I did not understand. These emotions caused certain behaviors; for example, I became very jealous if my adoptive father was affectionate with my cousins and on one occasion I threw a tremendous tantrum, afraid that he would stop loving me.
Meanwhile, I wondered where I came from. I started searching for my family when I was 24. During the search, I dared not wish to have a relationship with my first family, I feared rejection. I would just ask for a picture of my mother and one of my father. After a complicated search that lasted more than 20 years, in 2012 I was able to have the first contact with my family.
My natural parents had already passed away, but I managed to get in touch with my older half-brother on my mother's side. I received a shocking news: my mother had been a painter, just like me.
Finding my roots was a life changing experience. And it motivated me to read about adoption. I learned that experts in pre-natal and child psychology had discovered that the separation of the baby from his mother, after having spent 9 months in her womb where he has already bonded with her, causes a trauma that has repercussions on his emotional wellbeing, and other issues. This is called the primal wound, as established by psychologist Nancy Verrier. It is also known as early adversity.
Then I was able to understand my jealousy about my adoptive father, which was due to my fear of abandonment. Contact with my family of origin allowed me to see for the first time relatives who were similar to me, physically, emotionally and intellectually. This allowed me to start feeling like a real person, as all people who are not adopted feel, who know their family and ancestral heritage. In this way, I was able to start a healing process, both on the psychological and emotional levels. Part of the process is to heal not only the loss of my mother and father, my family and ancestral roots, but also the loss of my original cultures. And I was able to complete the development of my identity, which was incomplete because I did not know my origins.
The fear of being rejected by my natural family was left behind, they welcomed me with open arms. I have several half-brothers and half-sisters, also nephews, nieces, grandnephews and grandnieces. Through my siblings I have been able to get to know my deceased parents, for which I am deeply grateful.
Reunion with your natural family is not the same as reunifying with it, after having lived so many years apart and not being able to grow up with them or share important moments with them. Reunification has been a process. And it is helping me to heal.
Mi madre era estadounidense y mi padre, inglés. Nací y fui adoptada en la bella isla de Puerto Rico, donde crecí junto a mis padres adoptivos puertorriqueños y un hermano menor adoptado de Canadá. La cultura de Puerto Rico es latinoamericana, por lo tanto, mi adopción fue transcultural. Mi relación con mi madre adoptiva fue complicada, a la vez que desarrollé una relación muy especial con mi padre adoptivo.
Comencé a dibujar en las paredes de mi casa a los dos años de edad, lo que significa que soy artista de nacimiento. En mi hogar adoptivo deseaban que tuviera una carrera en algún campo de prestigio que me ofreciera estabilidad. Como también tengo habilidad para escribir, me decidí por una carrera en las comunicaciones, pero el arte siempre fue la elección de mi corazón. Por eso, después un tiempo trabajando como redactora, a los 30 años decidí dedicarme a la pintura.
Siempre fui una niña con buen comportamiento, tenía muy buenas calificaciones en la escuela, la "niña perfecta". Pero dentro de mí se escondían sentimientos y emociones que no entendía. Estas emociones provocaban ciertos comportamientos; por ejemplo, me ponía muy celosa si mi padre adoptivo era afectuoso con mis primos y en una ocasión hice un tremendo berrinche, temerosa de que él dejara de quererme.
Mientras tanto, había surgido en mí la inquietud de conocer de dónde provengo. Comencé a buscar a mi familia de origen cuando tenía 24 años. Durante la búsqueda, no me atrevía a desear tener una relación con mi familia de origen, temía al rechazo. Me conformaba con obtener una foto de mi madre y una de mi padre. Tras una complicada búsqueda que duró más de 20 años, en el 2012 logré el primer contacto con mi familia.
Mis padres naturales ya habían fallecido, pero logré comunicarme con mi medio hermano mayor de parte de mi madre. Recibí una impactante noticia: mi madre había sido pintora, igual que yo.
Encontrar mis raíces cambió mi vida. Y me motivó a leer sobre adopción. Aprendí que los expertos en psicología pre-natal e infantil habían descubierto que la separación del bebé de su madre, luego de haber estado 9 meses en su vientre donde ya se ha apegado a ella, ocasiona un trauma que tiene repercusiones en su salud emocional y otros aspectos de su vida. A esto se le llama la herida primaria, según establecido por la psicóloga Nancy Verrier. También se le puede considerar como adversidad temprana.
Entonces pude comprender mis celos por mi padre adoptivo, que se debían al miedo al abandono. El contacto con mi familia de origen me permitió por primera vez ver familiares que se parecían a mí, física, emocional e intelectualmente. Esto me permitió empezar a sentirme como una persona real, como se sienten todas las personas que no son adoptadas, que conocen a su familia y su herencia ancestral. De esta manera, pude comenzar un proceso de sanación, a nivel psicológico y emocional. Parte del proceso es sanar no solo la pérdida de mi madre y mi padre, mi familia y mis raíces ancestrales, sino también la pérdida de mis culturas de origen. Y he podido completar el desarrollo de mi identidad, que se encontraba incompleta por no conocer mis orígenes.
Mi temor al rechazo quedó atrás, mi familia de origen me recibió con los brazos abiertos. Tengo varios medios hermanos y medias hermanas, también sobrinos y sobrinos nietos. A través de mis hermanos he podido conocer a mis padres fallecidos, por lo cual estoy profundamente agradecida.
No es lo mismo encontrar a tu familia que reunificarte con ella, después de haber vivido tantos años separados y no haber podido crecer a su lado ni compartir momentos importantes con ellos. La reunificación ha sido un proceso.
Y me está ayudando a sanar.